May 2019
Millennials and the Church

¡Predica!

Cuando era adolescente, uno de los primeros indicios de que podría tener un llamado al sacerdocio fue mi descontento con los sermones. La sacerdote de nuestra iglesia local era, para mi mente adulta, inobjetable. Pero mi ser adolescente encontraba sus sermones tan frustrantes que a lo largo de la semana sermoneaba interminablemente a mi desconcertada familia sobre lo que ella podría haber hecho mejor. Por lo general, reescribía sus sermones completamente en un ataque de ira durante la semana. No me oponía a la teología de por sí, sino a la manera en que la expresaba. Fue la forma en que ella comunicaba lo que debería haber sido el tema más emocionante y conmovedor de nuestro mundo lo que me inspiró a hojear los documentos históricos en el Libro de Oración Común.

Se ha dicho mucho acerca de la división generacional en otros contextos. Las generaciones afectan la forma en que abordamos la mayordomía, el compromiso teológico, la afiliación e incluso la música. Pero las generaciones también escuchan los sermones de manera diferente, algo evidente si alguna vez trató penosamente de leer uno de los sermones recomendados en los 39 Artículos. ¡Nadie predica así desde hace añares!

Primero: disipemos parte del temor inmediato. Los sermones como una forma artística no están necesariamente muertos. Si bien indudablemente hay un lugar para un diálogo bien estructurado y homilías basadas en discusión, el formato del sermón básico y tradicional de alguien que se para y habla no es ajeno a las personas millennial (personas que nacieron entre 1981 y 1996). Piense en los podcasts. Las cátedras se pueden estar evaporando paulatinamente como una estrategia de enseñanza, pero la popularidad de los podcasts y audiolibros está resurgiendo. Así que no se preocupe: el sermón en su formato original no está en vías de desaparecer. El formato permanece constante, lo que está cambiando es el estilo.

Períodos de atención más cortos

No cabe duda de que los períodos de atención han cambiado. Los podcasts y los audiolibros son populares, pero si considera la manera en que se consumen, por lo general es en medio de alguna otra actividad. Las personas que los escuchan están realizando tareas múltiples, algo cada vez más habitual (si es algo positivo o negativo es para otro artículo).

Entonces la tarea del/la predicador(a) ahora no se limita a mantener la atención de la feligresía por un período de tiempo, sino también una atención plena, algo que es mucho más difícil. A diferencia del/la anfitrión(a) del podcast su audiencia no puede, por ejemplo, manejar un vehículo mientras que lo(a) escucha, limpiar la casa o ingresar datos en una hoja de cálculo. Idealmente escucha cada una de sus palabras y participa de lleno mientras que el Espíritu ilumina las Escrituras mediante su predicación. Todo esto significa que su audiencia tiene un lapso de atención más corto. El/la anfitrión(a) del podcast puede sostener esa atención durante 45 minutos; usted, el/la predicador(a), puede contar con diez a doce en una buena semana.

Esto significa que el antiguo sermón de tres puntos no funciona como antes. En el mejor de los casos, un(a) predicador(a) puede salirse con la suya con un sermón de un punto. En las palabras de un mentor, “Diga una cosa, dígala bien y después siéntese”. Intentar comunicar más de una idea básica, un concepto básico, es sobrecargar las mentes ocupadas de su feligresía. No es que no quieran prestar atención a lo que tenga que decir o que no les interese. Personalmente, esas cosas me importan muchísimo, pero no puedo prestarles atención más allá de cierto punto, porque nada en mi experiencia me capacitó para hacerlo.

Los programas de televisión se interrumpen para avisos publicitarios cada siete minutos, los/as maestros/as en las escuelas fueron capacitados/as para ser lo más interactivos/as posible, y estoy acostumbrada a consumir información en trozos pequeños, listos para Internet. En la actualidad, el trabajo del/la predicador(a) es entrar en nuestro mundo frenético y decir una verdad esclarecedora que pueda dar forma al ajetreo del resto de mi cerebro. Usted podrá revelarse contra esta tendencia, pero es una tarea mucho más difícil y su audiencia prestará atención a mucho menos de lo que esté tratando de comunicar.

El lenguaje importa

El lenguaje, al igual la capacidad de atención, puede hacer que la juventud escuche su mensaje o que impida que lo escuchen del todo. En general, las personas millennial se criaron oyendo un lenguaje incluyente del género. (Era una política en mi universidad reprobar las monografías si en ellas se empleaba hombre/hombres para referirse a la humanidad, y yo soy una millennial de mayor edad que asistí a una universidad bastante conservadora). Muchos de nosotros también crecimos oyendo un lenguaje neutral en cuanto al género al referirse a personas en sus trabajos, relaciones y conversaciones.

Así que para mi oído y los oídos de mis pares, frases como semejantes en Cristo en lugar de hermanos y hermana o parejas o cónyuges en lugar de esposos y esposas, suenan más naturales y normales. Esto puede interpretarse como un intento de ser meticulosamente correcta, pero dense cuenta que para las generaciones más jóvenes, es un lenguaje que refleja nuestro mundo con precisión. ¡La humanidad no es toda masculina! ¡Las parejas no son solo esposos y esposas! Cuando los/as predicadores/as usan un lenguaje más antiguo, es discordante y alienante para la gente joven, porque traza una línea entre el mundo que ellos/as están describiendo y el mundo que conocemos y vivimos. El lenguaje importa.

Asimismo, los ejemplos son importantes. Una vez escuché un sermón que iba muy bien, hasta que el predicador dijo: "Saben, es como que todos sabemos exactamente dónde estábamos cuando le dispararon a John F. Kennedy (JFK)". La gente a mi alrededor asintió, pero a mí me ardía la cara y traté de hundirme en mi asiento. No recuerdo para nada dónde estaba cuando le pegaron un tiro a JFK. Eso fue 20 años antes de que naciera. Debido a que el predicador, hablando con la autoridad del púlpito se refería a una experiencia que me excluía, en ese momento sentí pasar de ser una miembro de una feligresía que me incluía y daba la bienvenida a ser alguien que no pertenecía.

Esto es bastante fácil de evitar. Para empezar, no suponga que todos/as comparten su experiencia de vida. No todas las personas que están en los bancos de su iglesia tienen hijo/as o pueden tenerlo/as. No todas las personas están en pareja o quieren estarlo. No todas las personas pueden participar en ciertas actividades económicas o culturales. La nostalgia aquí también es peligrosa. Si bien usted y muchos/as de sus feligreses/as pueden tener buenos recuerdos de las épocas de los años 50 y 60, tenga cuidado con la nostalgia que usa para salpimentar sus historias. Algunas personas en los bancos de su iglesia pueden recordar esos años como cuando las mujeres estaban muy limitadas y la gente de otras razas o etnias no tenía derechos.

Sé que es una advertencia severa, pero la solución más fácil es la máxima básica del/la guionista: muestre, no diga. Si desea utilizar un ejemplo de su propia experiencia en un sermón, piense detenidamente por qué. ¿Por qué esa experiencia le habla en este contexto? Si desea comparar el Evangelio de la semana con la crianza de lo/as hijo/as, en lugar de decir: "Bueno, todo/as sabemos lo que es criar hijo/as", piense detenidamente en su experiencia de criar hijo/as. ¿Qué sentimientos o pensamientos conecta con esa experiencia? ¿En qué se asemejan al Evangelio en este caso? Desglose y explique sus ejemplos. No se limite a suponer que su feligresía lo(a) puede seguir.

Confíe en su audiencia y en el Espíritu

En última instancia, la función de un buen sermón es un ejercicio de pensamiento extendido. El/la predicador(a) intenta exponer las Escrituras de manera tal que los pensamientos y sentimientos en la página se vuelvan tan reales que la feligresía pueda conectar lo que esté oyendo con los pensamientos y sentimientos de sus propias experiencias de vida, tanto individuales como comunales. Como predicadora, solo puedo hacer una parte de ese trabajo yo misma. Puedo emplear un lenguaje que incluya a la feligresía. Puedo hacer coincidir mi propia jornada con las Escrituras para que todos puedan empatizar. Puedo realizar mi mejor esfuerzo para enfocar el mensaje de manera tal que la feligresía permanezca conmigo.

Pero finalmente, la audiencia, ayudada por el Espíritu Santo, es quien hace el trabajo pesado. Cuanto más pueda el/la predicador(a) hablar su lenguaje e incluirlo en la jornada homielítica, más podrán los/as feligreses/as entrar al mundo del texto por sí solos/as y ser más receptivos/as al movimiento del Espíritu en sus vidas. Un buen sermón con el que puedan conectarse todas las generaciones abre la puerta, pero lo que los mueve a lo largo de él sigue siendo el Espíritu.

La Reverenda Megan L. Castellan es la rectora de la Iglesia Episcopal St. John’s en Ithaca, Nueva York. Ha escrito en medios tan diversos como Episcopal Café, Lent Madness, McSweeney's Internet Tendency y Toast. También contribuyó a varios libros de Church Publishing. Cuando no está escribiendo, disfruta ver a su esposo jugar videojuegos y sus a mascotas planear dominar el mundo.

Recursos:

This article is part of the May 2019 Vestry Papers issue on Millennials and the Church