July 2020
Racial Justice and Reconciliation

Amenaza Triple

El amor de los Milien por la Iglesia empezó en una pequeña ciudad rural de Haití en la que, en 1909, mi bisabuelo fundó la primera Iglesia episcopal de la zona de Jeanjean. Ello no sólo encendió la pasión de mi padre por entrar en el ministerio, sino que posteriormente lo inspiró a llevar el Evangelio por toda la isla hasta la república Dominicana, donde conoció a mi madre.

Crecer como una episcopal desde la cuna ha sido algo hermoso. Ir a la iglesia los domingos temprano por la mañana, observar a mi padre predicar desde los bancos y desear estar allí con él fue mi primera introducción a amar la Iglesia. Nunca se me ocurrió que algún día me mudaría a los Estados Unidos de América, que mi madre sería ordenada como sacerdote y que mis hermanos crecerían con una pasión por el liderazgo laico.

No tanto de brazos abiertos como decimos que somos

Siempre consideré que soy una persona privilegiada por haber nacido en la comunidad llena de amor y de brazos abiertos que es la Iglesia Episcopal. La frase “La Iglesia Episcopal le da la bienvenida” y el espíritu de inclusión que hace que amemos a todos, sin distinción de género, raza o identidad sexual, marcó mi jornada religiosa. Cuando era niña creía en esa frase. Sin embargo, al crecer en Miami, Florida, empecé a ver que eso no era completamente verdad. Cuando participé en mi primera convención diocesana a los 16 años de edad, vi que los que tenían algo que decir no eran como yo, que la gente a cargo de los jóvenes eran jubilados y mayores, que la gente de color se consideraba como ministerios étnicos (casos caritativos) y que decir “¡Amén!” en voz alta causaba que me miraran raro. Esa fue la primera vez en mi vida en que mi di cuenta de que la Iglesia que yo amaba no reciprocaba mi amor.

Nos encanta decir que damos la bienvenida a todos, ¿pero lo hacemos realmente? Cuando me fijo nuestras feligresías, sacerdocio, oficinas diocesanas y el Centro de la Iglesia Episcopal, no veo diversidad. Tendemos a aceptar a un puñado de gente de color, poner algunos puntos de color para que podamos decir diversidad cuando en realidad queremos permanecer sin cambios para evitar ir contra el statu quo. La verdad es que nuestras puertas están abiertas, pero que la gente no siente que se les está dando la bienvenida. Tenemos que ir más allá de dar la bienvenida y empezar a incluir a las personas sin juzgarlas, para que se sientan en libertad de ser quienes son en un espacio que ya les es ajeno.

¿Arma para el amor y el cambio o amenaza?

Como líder adulta joven en la Iglesia, consideré que yo era una amenaza triple: joven, negra y mujer. Veo eso como un arma para el amor y el cambio, pero otros lo ven como una amenaza a la estructura organizada de la manera en que la Iglesia necesita “lucir”. Algunas frases que oigo en convenciones que siempre me hicieron sonreír son: “necesitamos más gente joven”, “¿dónde están los milénicos?”, “tenemos que revitalizar la iglesia”. Nos encanta decir esas cosas, pero no hacemos nada u obstaculizamos que esas frases poderosas se conviertan en realidad. Lo que realmente queremos es que todo siga igual y a la vez declarar diversidad. Tenemos miedo de revolver el avispero, tenemos miedo de que la gente que se sienta incómoda con el cambio se vaya, tenemos miedo de que nos vean como controversiales. Este temor es el mentiroso que nos aparta de la gente que decimos que deseamos amar, pero que en realidad tememos amar.

Como comunidad religiosa, hemos avanzado y tomado medidas sobre las que otras organizaciones religiosas apenas están empezando a hablar. Sin embargo, solo estamos en el comienzo. Necesitamos dejar de ver la juventud, la raza y el género como amenazas, y en lugar de ello como elementos poderosos para ayudar a evangelizar y revitalizar nuestra iglesia. El trabajo de provocar cambios tiene que empezar hoy mismo. La Iglesia Episcopal está llena de grandes voces que todavía no se están oyendo, de canciones y bailes que están en espera para revitalizar nuestras almas. Somos una iglesia llena de potencial, pero necesitamos quitarnos las anteojeras y ver la posibilidad de grandeza en gente que no se parecen a nosotros.

Esfuerzos para efectuar cambios enraizados en amor

A-M-O a la Iglesia Episcopal y opto por deletrear la palabra porque deseo que todos nosotros dejemos de decir esa palabra por decirla, pero que la digamos de corazón. Estoy orgullosa de ser parte de esta organización basada en amor, evangelismo, reconciliación y cuidado de la creación. He visto ocurrir mejoras y redención. Estamos expresándonos más, estamos poniendo mujeres y gente de color en lugares de poder (nuestros dos últimos obispos presidentes son un ejemplo perfecto) y los jóvenes están abriendo puertas para que sus voces se oigan. Mis hermanos y yo estamos trabajando junto con otros adultos jóvenes, no sólo en nuestras diócesis, sino en diócesis de la Iglesia más en general, para entrar en comités y lugares en los que las voces de color tengan algo que decir en la toma de decisiones. ¿Quién hubiera pensado que tres afrolatinos jóvenes, bisnietos de un haitiano cristiano, estarían generando cambios en la iglesia?

Todos los días estoy inspirada por sacerdotes y laicos en nuestras comunidades que están empleando la plataforma de la Iglesia para hablar abiertamente sobre justicia y amor, y para denunciar la injusticia. Siguiendo su ejemplo, decidí no sólo seguir a Jesús, sino también seguir sus pasos como una miembro activa de la sociedad que busca no sólo mover al mundo hacia un lugar más lleno de amor, en el que todos trabajamos juntos, predicamos el evangelio de Jesús y nos convertimos en el mundo glorioso que él desea que seamos. Prometamos hoy mismo empezar a ver las “amenazas” contra otra gente como armas de bienvenida para el cambio. “Hoy es el día para provocar cambios.” “Today is the day to provoke change.” “Aujourd’hui est le jour de provoquer des changements.”

Adialyn Milien, originaria de la República Dominicana y de Haití, es episcopal desde la cuna. En la actualidad reside en Miami, Florida, donde se desempeña como coordinadora conjunta del Ministerio de Adultos Jóvenes de la Diócesis del Sudeste de Florida. Adialyn encabezó el equipo de comunicaciones del Nuevo Amanecer Virtual reciente. Uno de sus proyectos en curso es “Evangelismo social: Alcanzar a almas para Dios mediante los medios sociales”. Con este proyecto, ella ayuda a sus dos feligresías: St. Paul Et-Les-Martyr-D’Haiti (haitiano) y la Iglesia Santísima Trinidad (latina-hispana) y alcanza a personas en los medios sociales con los recursos a su disposición. Adialyn tiene una licenciatura en Comunicaciones, una maestría en Administración de Empresas y una pasión impulsada por la fe de trabajar con el pueblo de Dios.

Recursos:

This article is part of the July 2020 Vestry Papers issue on Racial Justice and Reconciliation