July 2020
Racial Justice and Reconciliation

Una época sin precedentes

“Esta es una época sin precedentes”, leo en los emails que me mandan las tiendas con sus nuevos horarios y normas. Oí de una escuela que este verano está cancelando las clases y que posiblemente no verán a los estudiantes en persona este otoño. Oigo las explicaciones de los políticos sobre por qué esto o lo otro está pasando o no pasó o que está cambiando o no está cambiando.

Esta es una época sin precedentes, difícil e incierta. Esta es una época con muchos objetivos móviles, una época en la que la gente está haciendo el avión a medida que despega. Para muchos de nosotros, la perturbación de nuestras vidas es difícil. Nos preguntamos, ¿cuándo volverán las cosas a la normalidad? ¿Qué es la normalidad? ¿Qué era la normalidad? Tal vez queremos volver a la normalidad porque es algo que conocemos, con lo que estamos familiarizados, algo que sabemos cómo navegar, incluso cuando la normalidad no estaba funcionando para todos.

Cuando el retorno a la normalidad es el retorno a la disfunción

Es como que nuestra sociedad es una gran familia disfuncional. Si uno saca a alguien de su disfunción, al principio le resulta ajeno e incómodo, incluso si el nuevo lugar es más saludable. No estoy diciendo que nuestra situación actual es saludable. Estoy diciendo que nuestra situación actual es ajena y nueva e incómoda. Y, sin embargo, muchísimos de nosotros deseamos volver al sistema viejo, en lugar de encontrar algo nuevo o mejor que es más saludable para todos. ¿Por qué no podemos encontrar un sistema, un espacio, una manera de relacionarnos que respete la dignidad de todos los seres humanos?

Anhelamos regresar a la normalidad, pero volver a las cosas como eran sería como volver a esa disfunción. Esta pandemia está sacando a la luz lo frágiles que son nuestros sistemas de distribución de alimentos, lo injusta que es nuestra sociedad con los más vulnerables, lo mal que tratamos a la gente de color, a los inmigrantes y a otros oprimidos, así como la medida en que nuestra sociedad funciona con el sudor de la frente de los oprimidos. Esta pandemia también está sacando a la luz lo dispuestos que estamos algunos de nosotros a sacrificar la libre expresión, la salud y las vidas de otros para volver a la normalidad o reparar la economía.

Permítanme hacerles una pregunta: Cuando las disparidades entre los que tienen y los que no tienen son las mayores de la historia, ¿“arreglaría” realmente la economía un “retorno a la normalidad?”. Para mí, arreglar la economía significa que alguien que gane un salario mínimo no tenga que trabajar dos trabajos a tiempo completo para llegar a fin de mes. Para mí, arreglar la economía significa que la pérdida de un empleo no signifique también la pérdida del seguro médico. Para algunos de nosotros, hay una respuesta sobre lo que vale una vida humana, especialmente si esa vida no luce como nosotros, no ama como nosotros, no vive cerca de nosotros o no tiene dinero como nosotros. Y la respuesta sobre cuánto vale esa vida humana para esa gente… bueno, no mucho.

Esta sí que es una época sin precedentes. Y es en épocas como ésta que estoy tan agradecida por tener los Evangelios para recurrir a ellos y que tenemos a Jesús, que lideró dando el ejemplo y nos preparó para una época como ésta. Los discípulos estaban en una época sin precedentes y sin embargo Jesús les dijo que si lo amaban que siguieran sus mandamientos. ¿Saben de qué mandamientos él está hablando? Son amar a Dios con todo lo que uno tiene, su corazón, alma y mente, y amarnos los unos a los otros como Jesús nos ama.

Como discípulos de Jesús, estamos llamados a seguir esos mismos mandamientos: amar a Dios y amarnos los unos a los otros. Y por ese amor, la gente sabrá que somos sus discípulos. Deseo señalar algo. Jesús no dijo que por tener la iglesia más grande la gente sabrá que ustedes son mis discípulos o que por esa gran liturgia la gente sabrá que ustedes son mis discípulos o por decirles a otros lo pecaminosos que son o por promulgar leyes que oprimen a los seguidores de otras fes. Jesús dijo, por…su… amor… todos lo sabrán. Sus acciones individuales y colectivas, ¿demuestran amor al prójimo? ¿Respetan la dignidad de todos los seres humanos? Estas son las preguntas que necesitamos contestar.

El racismo sistémico y nuestra responsabilidad como cristianos

Mis familiares, las respuestas a esas preguntan me indican que nos queda mucho trabajo por hacer. Jesús dijo que podemos distinguir un árbol bueno de uno malo por los frutos que da. Los frutos que estamos produciendo dejan a nuestros hermanos negros, latinos e indígenas con menos ingresos, menos educación, mayor desempleo, malos resultados de salud, sentencias más severas en los juicios y una infinidad de otras disparidades. Los frutos que estamos produciendo son tóxicos para nuestros hermanos negros, latinos e indígenas. Estoy segura de que oyeron sobre las muertes de Philando Castile, Breonna Taylor, Ahmaud Arbery, George Floyd y Rayshard Brooks. Algunos nombres sobre los que tal vez no oyeron son Jason Pero, Zachary Bearheels, Paul Castaway, Corey Kanosh, Raymond Gassman, Loreal Tsingine y Benjamin Whiteshield. Son americanos nativos a los que también mató la policía.

Algunos creen que si simplemente sacamos las manzanas podridas o redactamos nuevas normas las cosas cambiarán. Esas cosas son importantes y ayudarán, pero no son la fuente principal del problema. El pecado del racismo es sistémico. Muchos de nosotros, como pensadores occidentales, creemos que el racismo es algo individual, como que alguien es o no es racista. Nuestro sistema completo es racista. Es por eso que vemos disparidades y matanzas por todo nuestro sistema. ¿Qué puede esperar uno cuando nuestro país se construyó en tierras que les quitamos a los pueblos indígenas, en el trabajo esclavo de gente que sacamos por la fuerza de su patria, y que depende tanto del trabajo de inmigrantes indocumentados y de otros a los que tratamos como desechables?

El racismo ocurre en todo nuestro sistema socioecológico. Con eso quiero decir que se puede encontrar en individuos, familias, redes sociales de mayor tamaño como iglesias y escuelas, estados, países y el mundo. Si bien podemos pensar que no somos abiertamente racistas como gente blanca (o los que tienen privilegio de piel) en una sociedad racista, a menos que estemos trabajando abiertamente para cambiar el sistema, somos parte del problema. Somos parte del problema si somos participantes activos en un sistema injusto. Como mínimo, estamos recibiendo privilegios que no nos ganamos. ¿Cuál es nuestra responsabilidad en ello como cristianos, feligresías y la Iglesia en general?

Como discípulos de Jesús, estamos llamados a amar a Dios y a amarnos los unos a los otros. Estamos llamados a crear el reino de Dios en la tierra. Lo hacemos diseminando el mensaje de Cristo de compasión, amor, perdón y reconciliación. Lo hacemos forjando una relación genuina con nuestros hermanos negros, latinos e indígenas. Lo hacemos no solo dándoles la plena bienvenida a nuestros espacios, sino también saliendo de nuestras zonas de confort y conociendo gente en el lugar en que está.

El amor es una palabra de acción

Como occidentales, cuando hablamos de amar tendemos a pensar en ello como un sentimiento, pero amar es un verbo, una palabra de acción. Amar al prójimo debe ser algo que nos llama a la acción. Recuerdo a mi abuela aconsejando a alguien de la familia que estaba luchando con una relación abusiva. Ella dijo, “Lo que cuenta no es que alguien te diga que te ama. Lo que cuenta es que te demuestre su amor por ti con actos”. Mi abuela añadió, “Si alguien te ama no debes solo oírlo, sino sentirlo”. El consejo de ella me recuerda “sabrán que somos cristianos por nuestro amor” cuando, independientemente de donde estén, puedan sentir ese amor… porque amar es una palabra de acción.

En lakota no hay una traducción directa de “te amo”. En lugar de ello podemos decir “techihila”. “Thehi” quiere decir sufrir o soportar. “Chi” quiere decir a ti. Añadir “la” al final hace que sea cariñoso. Así que techihila significa “Sufriré o soportaré por ti”. Todas las veces que decimos “Te amo” nos recuerda la acción a la que estamos llamados a causa de ello. Jesús es un ejemplo perfecto de ese amor. Nos amó tanto que estuvo dispuesto a sufrir y morir por nosotros. Imagino que debe haber tenido miedo y que se habrá sentido solo, tanto como para gritar “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Bueno, ese es un miedo que ninguno tiene que tener.

No estamos solos

Incluso cuando sufrimos, incluso cuando morimos, nunca tenemos que temer estar solos. Nunca estamos solos. Jesús dice, “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”. Encima de eso tenemos al Espíritu Santo con nosotros, caminando a la par de nosotros y sí, a veces hasta cargándonos. En esta época sin precedentes, con restricciones sobre las visitas a causa de la COVID, a mucha gente le preocupa no poder estar con sus seres queridos en sus habitaciones de hospital. Sé que eso es muy difícil. Como lakota, no lo puedo imaginar, porque nosotros somos los que todo el tiempo tenemos como veinte personas en la habitación. Mucha gente está muriendo, pero sé que no están solos. Nuestro Dios de amor no lo permite. Como antigua capellán de un hospital, sé que no están solos. He estado con mucha gente en el momento de su muerte, cuando empieza su jornada espiritual. Todas las veces tenían familiares o seres queridos, idos anteriormente de este mundo, que regresaban a saludarlos y a ayudarlos con su jornada. A veces les hablaban y otras señalaban y sonreían. Nunca estaban solos.

Recuerdo una vez que fui al hospital con mi abuelo para visitar a una anciana que estaba muriendo. Oramos y él hizo sus cosas sacerdotales. Cuando terminamos, él le preguntó a la anciana si había una canción que quería que cantáramos. Nosotros no estábamos familiarizados con el número de himno lakota que nos pidió y no lo sabíamos. Abuelo le preguntó si podríamos cantar alguna otra canción. Ella interrumpió mientras que él estaba hablando y dijo: “Está bien, padre, ahora los ángeles me están cantando”. Falleció a los diez minutos. Ella no estaba sola. Aparte de nosotros, también tenía ángeles y familiares ayudándola en su jornada. La muerte no es algo que hay que temer. Después de que falleció mi abuelo dejé de tenerle miedo a la muerte, porque sabía que él vendría a ayudarme en mi jornada. Los lakota vemos a la muerte como una parte natural de la vida, así que tradicionalmente nunca fue algo que temer ni un tema tabú.

De la misma manera en que Jesús tranquilizó a sus discípulos en ese entonces, Jesús nos tranquiliza ahora. Dice, “Porque yo vivo tú también vivirás”. Todos sabemos que la vida eterna nos espera después de nuestra visita temporal aquí en la tierra. Sin embargo, no tenemos que esperar hasta entonces para estar con todos nuestros familiares. Cuando comulgamos creemos que Cristo está presente y no solo Cristo, sino todos los santos. En nuestro sistema de creencias tenemos algo llamado la “comunión de los santos”. Todas las veces que comulgamos, aunque sea una comunión espiritual, sabemos que estamos comulgando con todos los miembros de esta Iglesia y con todos nuestros familiares y antecesores que partieron antes. Parte del motivo porque se llama comun-ión es porque estamos en una común-idad y mantenemos una relación mediante esta cena sagrada. Esa relación no termina por el mero hecho de que nuestros seres queridos no están físicamente aquí, porque siempre están con nosotros de alguna manera. Creo que los lakota siempre lo supieron. Es por eso que no hay una palabra para decir adiós en nuestro idioma, solo “nos vemos”, porque sabemos que pase lo que pase, volveremos a ver a todos nuestros familiares.

Llamada para ser las manos y los pies de Cristo en una época difícil e incómoda

Los edificios de nuestras iglesias están cerrados. Tenemos que navegar un panorama que cambia constantemente. No podemos ver a nuestros amigos y familiares en persona. No se permite que nuestros hermanos negros, latinos e indígenas prosperen en este sistema que es veneno para ellos. Nuestros líderes nos tiran gases lacrimógenos para sacarse una foto ante una iglesia. Con todo lo que está pasando, esta época sin precedentes puede parecer apocalíptica. Si vamos a crecer, cambiar y trascender nuestra disfunción, las cosas serán incómodas. Nos desafiarán y será difícil. Pero sepan que estamos llamados a esta época sin precedentes.

Recuerden que fue durante una época sin precedentes que Dios liberó a los israelitas de la esclavitud y los llevó a una tierra prometida. Fue una experiencia sin precedentes que llevó a Ruth, una extraña en tierra extraña, a la familia de Israel y puso en ella el linaje del rey David y de Jesús. Fue durante una época sin precedentes que Jesús fue traído a este mundo para transformarlo y ayudarnos a conocer a un Dios de amor en lugar de un Dios de furia.

Es en esta época sin precedentes que nos han llamado, traído al mundo, para ser las manos y los pies de Cristo para transformarlo, curarlo y reconciliarlo, este mundo que está enfermo, este mundo que está hambriento de justicia, hambriento por conocer a un Dios tangible que está presente todas las veces en que demostramos amor al prójimo. Mitakuye Oyasin (todos somos familiares).

Isaiah “Shaneequa” Brokenleg es miembro inscrita de la Tribu Rosebud Sioux (Nación Sicangu). Es funcionaria de planta de Reconciliación Racial de la Iglesia Episcopal. Es sacerdote en la Diócesis de Dakota del Sur, el lugar en que se crio y considera como su hogar. Desde una perspectiva cultural y espiritual, Shaneequa cree que todos somos familiares (“mitakuye oyasin”) y que el Evangelio nos llama a ser “buenos parientes” los unos con los otros. Por haberse criado en la reserva, experimentó y presenció los efectos devastadores del trauma histórico-generacional, de la colonización y el racismo. Como winktè (lakota dos-espíritus) está llamada a ser curadora y a orientar nuestras comunidades en la dirección del cambio positivo, en la dirección de la reconciliación y hacia convivir en la relación correcta.

Recursos:

This article is part of the July 2020 Vestry Papers issue on Racial Justice and Reconciliation