July 2020
Racial Justice and Reconciliation

El complejo asunto de ser una persona blanca

La enfermedad COVID-19 ya había puesto el mundo patas arriba cuando acordé contribuir desde la perspectiva de una persona blanca a este número de los Escritos Vitales de la Fundación de la Iglesia Episcopal, pero las cosas parecían estar moviéndose al ritmo habitual en cuanto a la lucha a largo plazo de disputar el racismo y socavar la supremacía blanca. Pero el 25 de mayo ocurrió el asesinato de George Floyd y ahora transcurre el mes de junio de 2020. Parece ser el momento apropiado para decir algo útil sobre la raza. Muchas voces están hablando sobre ello en este momento y no estoy segura de si tengo algo que añadir.

Así que voy a tratar de decir más o menos lo que pensaba decir a principios de mayo. Voy a empezar narrando algunas cosas de mi propia historia a través de la lente de la raza, algo que rara vez se estimula a los blancos a que lo hagan. Después voy a hablar sobre el largo plazo, sobre prácticas que me nutrieron en el trabajo vitalicio de arrepentirme pronunciarme sobre el racismo y la supremacía blanca y de arrepentirme de ellos, y sobre el complejo asunto de ser blanca en una comunidad diversa y tratar de ser responsable y fiel en mis relaciones.

Hace muchísimo, en los 1990s (como les gusta decir a mis adolescentes)

Cuando cursaba el segundo grado en 1977, las escuelas públicas de Seattle pusieron en práctica un programa de transporte en autobús a gran escala para cumplir con una orden federal de dar fin a la segregación. De la noche a la mañana, mi escuela primaria K-5 principalmente con alumnos de ascendencia asiática y blancos, se convirtió en una escuela K-2 a la que la mitad de los niños llegaban en autobús desde una escuela con casi todos los alumnos negros del otro lado de la ciudad. Muchas cosas cambiaron ese año en mi escuela, incluyendo tener un año extra para ser una de los “chicos grandes”, pero lo más notable fue un cambio de tono que me confundía.

Adultos que anteriormente parecían haber estado firmemente a cargo, de repente estaban nerviosos y centrados en castigos y control. Anteriormente, ser enviado a la oficina se limitaba a una amonestación. Ahora había una paleta de madera en la oficina y mi anteriormente alegre maestra de música estaba hablando sobre lo gruesa que era la paleta y lo mucho que dolería si le dieran a uno con ella. Incluso entonces, intuí que no me estaba hablando a mí o a otros niños del barrio. Los adultos les tenían miedo a los nuevos niños. Cabe señalar que la mayoría de los niños negros que venían en autobús cursaban el segundo grado.

Una cosa que pasó ese año fue que por las tardes, mis compañeras de clase que viajaban conmigo en el autobús empezaron a llamar a mi casa y pedir hablar conmigo. Yo no era muy competente socialmente y solo tenía siete años de edad, así que me impresionó mucho la confianza en sí mismas y la sofisticación de esas niñas pequeñas que abrían el directorio telefónico y hacían sus propias llamadas telefónicas. Hablé con todas las que llamaban, pero no las volví a llamar ni tampoco invité a nadie a que viniera a jugar a mi casa. Simplemente tomé las llamadas telefónicas como uno de los muchos misterios de ese año de cambios.

Reflexionando sobre ese año, me imagino a las mamás y los papás negros estimulando a sus hijos a que se hagan amigos de los niños de su nueva escuela. Miro hacia ese año e imagino la valentía de esas niñas que pidieron a mis padres que me pasaran el teléfono cuando la mayoría de los adultos blancos en sus vidas eran la gente en la escuela que amenazaba pegarles. Miro hacia ese entonces e imagino a esas niñitas preguntándose por qué ser amistosas no funcionaba con los blancos.

Otra cosa que pasó más adelante ese año fue que en un momento de bravuconada hacia un compañero de clase que me estaba fastidiando le dije, “Te voy a patear el trasero en el recreo”. Ese niño negro de segundo grado me miró, sorprendido al principio, y después agitó la cabeza como un hombre cansado mucho mayor que yo. “No lo vas a hacer, deja de hablar así”. Dado lo poco que yo sabía sobre patear el trasero, supe en ese momento que no tenía miedo de que lo golpearan. No entendí que él ya sabía sobre un poder que yo todavía no sabía que tenía. Él sabía que los niños negros que peleaban con niñas blancas siempre perdían.

Después del segundo grado mi familia se mudó de Seattle. Pasé la mayoría de mis años escolares en escuelas en que la mayoría de los alumnos eran negros. Aprendí sobre la fuga de blancos observando a mis compañeros de clase de mi barrio todo blanco huir al sistema de escuelas privadas cuando nuestra escuela primaria mayoritariamente blanca se fusionaba a escuelas que reflejaban la demografía más general de nuestro distrito mayormente negro. Aprendí muchas maneras de hablar en código sobre la raza en términos de diferencias culturales y socioeconómicas. Aprendí sobre rastrear: en una escuela secundaria 85% negra no había ni un solo estudiante negro en mi clase de inglés de colocación avanzada. Aprendí que incluso cuando los blancos eran una minoría, incluso cuando yo era la única blanca en el salón, todo el sistema se esforzaba en que me sitiera cómoda y bien.

Lo quisiera o no, tenía el respaldo de un mundo de adultos que hablaban más fuerte, eran más ricos y estaban mejor conectados con el poder que los padres de mis compañeros negros. La mayor parte del tiempo, la sola amenaza sin palabras de su intervención era suficiente para que las cosas salieran como yo quería que salieran.

Prácticas que encuentro útiles

Éstas son prácticas espirituales -- no en el sentido tradicional del término --, sino en el sentido de que el mal es una fuerza espiritual poderosa y que resistirlo es trabajo espiritual verdadero.

• Resistir la segregación. Mi niñez rebotó dentro y fuera de espacios segregados. La vida adulta me ofreció oportunidades constantes de replegarme en espacios blancos, temporalmente o para siempre. Me esfuerzo muchísimo en no hacerlo. No vivo en barrios principalmente blancos. No envío a mis hijos a escuelas principalmente blancas y no trabajo en iglesias u organizaciones principalmente blancas ni me uno a ellas. No me siento en mesas todas blancas.

• Hablar sobre la raza. Los blancos en EE UU tienden a sentirse incómodos cuando se habla sobre la raza y oyen hablar sobre la raza. Yo hablo sobre la raza porque es interesante y pertinente, y a veces hasta es bueno para reírnos entre amigos y colegas. Hablo sobre la raza porque sospecho que Jesús halla que el lenguaje codificado es tan ofensivo y poco útil como el pecado siempre lo es.

Trato de hablar sobe la raza porque puede dar permiso a que otra gente hable conmigo sobre la raza. Sé que mi presencia inevitablemente cambia las conversaciones entre gente de color, que en mi experiencia tienen una gran probabilidad de hablar sobre la raza entre sí. No quiero que la gente se calle el minuto que yo entre a una habitación, para que no me sienta incómoda, ni tampoco que sea un tema tabú en el medio de mis relaciones. Hablo sobre mis observaciones y experiencia propia sobre la raza porque quiero que la gente con la que comparto el trabajo y el espacio en que vivo, así como el espacio organizativo y de amistades, se sienta plenamente humana y capaz de compartir las experiencias u observaciones de sus vidas cuando están conmigo.

• Tratar de aprender otro idioma. Aprender a hablar español bien abrió la puerta a relaciones, oportunidades de trabajo, mucho más amor y diversión y, ojalá, a aportes útiles a las vidas y luchas de la gente. Pero no menciono esto como una práctica porque es gratificante. Cabe señalar que el aprendizaje de otros idiomas en EE UU rara vez se recompensa para alguien que no sea blanco o cuyo idioma natal no sea el inglés. Mis fracasos de aprender un idioma (ay, coreano) me pueden haber enseñado más que un gran éxito.

Estar aprendiendo un idioma lo llena a uno de humildad. Tropezamos y luchamos por comunicarnos cuando la comunicación es vital para el dominio y el poder. Tratar de aprender otro idioma revela que los idiomas son difíciles de aprender, un hecho que muchos en EE UU tienen una sorprendente dificultad en entender. Aprender un idioma más internamente coherente revela lo difícil que es aprender el inglés y la enorme injusticia de que se haya convertido en el idioma de poder de nuestro mundo. Y como alguien que solo aprendió el idioma siendo blanca, me da mucho en qué pensar la diferencia entre la generosidad de la gente y mis intentos de aprender el idioma, y la crueldad que se inflige a aquellos cuyo inglés no es perfectamente blanco y con acento y gramática “estándar”.

• Dejar espacio en la mesa. Yo tengo una silla en la mesa. Soy una mujer blanca con un título de una universidad élite, un vocabulario sofisticado y veinte años de ordenación en una iglesia pequeña pero bien conectada. Tengo una hoja de vida sólida aunque un poco no tradicional y fama de hablar sin pelos en la lengua y mantenerme firme. Tengo casi cincuenta años de edad y estoy firmemente en la etapa de la vida en que tengo la oportunidad de invitar a otros a la mesa y ayudar a que se sientan cómodos. Presto atención a invitar gente subrepresentada y a abrirles paso.

Esta práctica no es un sacrificio. Invito a gente inteligente e interesante que disfruto compartir una comida con ellos. Una de las maneras en que los apoyo es nombrando las agresiones contra su presencia que observo. No puedo decir que veo todo, pero veo lo suficiente como para iniciar la conversación y en algunas situaciones ello posibilitó que fuéramos aliados.

Nota sobre la terminología: Acabo de escuchar a un panel de oradores negros en el que a casi todos se les saltaron las lágrimas al narrar lo que identificaron como “micro agresiones”, dejándome insegura sobre si hay algo micro en algo que hace a uno llorar décadas después y enteramente segura de que yo no seré la que califica las agresiones contra alguien como micro. Muchas cosas que no nos matan no hacen que seamos más fuertes. Duelen y siguen doliendo.

• Dejar espacio para que los adultos hagan trabajo de adultos. Aprendí muchas cosas por haber trabajado con muchas personas diferentes. Pero los niños aprenden muchísimo cómo ser los adultos que serán en la mayoría de sus vidas de… personas adultas. Los niños necesitan adultos que les dicen la verdad y que hacen lo mejor posible por protegerlos mientras que aprenden cosas difíciles. Necesitan maestros y entrenadores y mentores que se asemejen y no a ellos y que puedan hablar libremente desde muchos ángulos. Necesitan adultos con suficiente espacio en sus vidas y empleos como para permitirles decir la verdad sin que se les castigue por ello, incluso cuando la verdad sea sorprendente o incómoda. Los niños necesitan saber que los adultos de sus propias comunidades e identidades tienen la misma integridad que los adultos de otras comunidades e identidades.

Les debemos todo eso a nuestros niños. Los niños pueden hacer cosas increíbles, pero no pueden elevarse entre sí porque ese es un trabajo de adultos. Incluso más importante que mi propio papel en la crianza de mis hijos y de los niños en mis comunidades, presto atención a crear espacio para que otros adultos completen el panorama.

• Cállese y hágase a un lado. Puse esto al final porque no es una práctica que puedo decir que sigo, pero una que estoy empezando a explorar más seriamente. Es mayormente en la forma de preguntas. ¿Puedo dejar algo sin decirlo incluso si estoy convencida de que es un aporte brillante a la conversación? ¿Puedo dejar de lado las vías de liderazgo que pueden estar abiertas para mí, porque hay un espacio limitado en esa mesa y ocupar una silla puede significar que algún otro no la obtenga? ¿Puedo hacer más trabajo desde la trastienda para que mis colegas de color tengan los recursos que necesiten para moldear la agenda? Pregúntenme cómo van las cosas dentro de cinco años.

Anna Olson es sacerdote episcopal residente canónicamente en la Diócesis de Los Ángeles, donde pasó veinte años en ministerio parroquial urbano. En la actualidad reside en los suburbios de Maryland de Washington, D.C., donde se desempeña como directora de Relaciones Externas de Cristosal, una organización de derechos humanos con sede en El Salvador, Guatemala y Honduras. Es autora de Claiming Resurrection in the Dying Church (Westminster John Knox Press, 2016).

Recursos:

This article is part of the July 2020 Vestry Papers issue on Racial Justice and Reconciliation